Wednesday, October 11, 2006

El Rodaje: El amor en los tiempos del cólera

Crónica de la película que se desarrolla a la sombra de la protagonizada por Javier Bardem y Giovanna Mezzogiorno. Cartagena de Indias es el escenario de la adaptación de la novela de García Márquez
(Texto de José María Baldoví y publicado en el diario El Pais, de Cali, Colombia)

Era inevitable: la peste del cólera morbo ha vuelto a sacudir a Cartagena. La epidemia que a mediados del siglo antepasado arrasó con una notable porción de los habitantes de la por entonces agrietada ciudad caribeña.
Los blasones han vuelto a ser exhibidos, la exquisitez de la pátina de bronces, hierros y rocas asoma otra vez y las reliquias ostentan la belleza de otros tiempos.

El contagio, pues, se ha apoderado de la calle Balocco, el Canal del Dique y Pasa Caballos, convertidos, de la noche a la mañana, por miles de diseñadores, utileros, carpinteros, electricistas, albañiles y maestros de obra en improvisados talleres de mansiones de cartón piedra, edificios de triplex, fondas de paja, bodegas de ultramarinos y restauradas boticas de estilo francés.
Y de vez en cuando, sobre todo al atardecer y antes del grito de las seis de la tarde del alcaraván, el olor de las almendras amargas despierta en el aire el imborrable recuerdo de los amores contrariados de Fermina Daza y Florentino Ariza.

Alegóricas evocaciones del telegráfico y epistolar noviazgo de Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez, padres del Nobel de Aracataca e inspiradores de ‘El amor en los tiempos del cólera’, novela en la cual se basa la homónima versión cinematográfica dirigida por el inglés Mike Newell (‘Harry Potter y el cáliz de fuego’) y adaptada por Ronald Harwood, ganador de un Oscar por el guión de ‘El pianista’.
El rodaje de la cinta, que se extenderá hasta diciembre, tendrá a Cartagena como escenario magnífico y transitará por 63 lugares como las Bóvedas de la Aduana, Ciénaga de la Virgen, en el corregimiento de La Boquilla, y los apartados pagos de Manzanillo del Mar.
De trucos y otras propinas
De la tarea de envejecimiento de las fachadas y los muros se ha encargado el temperamental Marco Giacalone, supervisor de locaciones, quien también ha transformado escenarios para sus majestades Bernardo Bertolucci y Martin Scorsese. El romano dice que Cartagena está intacta y la intervención sobre sus edificaciones para transportarlas al pasado no es demasiada.
Murallas, baluartes, monumentos, conventos, plazas, iglesias y palacios vienen siendo sometidos a un cuidadoso maquillaje a base de agua, limón y leche para imprimirles la pátina de la edad remota.
El pavimento del casco histórico, de un momento a otro, resulta cubierto por una delgada película de tela con arena encima. Sin previo aviso clausuran calles. Y un mexicano, miembro del equipo de producción, adelanta una lista de los habitantes, propietarios de establecimientos y vendedores ambulantes de sitios por donde va a pasar el legendario amor.
Entonces, se reúne con ellos y les advierte que a modo de compensación, recibirán, lo antes posible, una suma determinada por las incomodidades causadas.
La grabación no puede durar más de tres o cuatro días.Por eso el dueño del restaurante Firos Pizza, en la calle Román, llegó a un acuerdo con la película de 600 dólares. Y Alexander Yepes, de la joyería ‘La guaca’, por 500 verdes.
Si la “víctima” es un vendedor de paso, como Martha Pérez, que ofrece “agua de coco a mil”, le corresponde una cifra diaria de 40 mil pesos. Y si la fachada de una residencia es elegida para entrar en toma, los señores de la misma pueden obtener hasta 900 dólares.

Intérpretes de la pasión
Los febriles efectos de la infección han trocado las dependencias de la Gobernación en una cantina de mala muerte, a semejanza de las que hace dos siglos consolaban las desazones de marineros, hidalgos y parias.
Por allí viene el aristocrático director Mike Newell. Se diría que su imponente aparición anuncia el desembarco del Imperio Británico. Los púgiles de mentiras siguen sus instrucciones y él se inclina un poco para enseñarles cómo se lanza un buen gancho de izquierda. El asistente traduce. Newell sonríe y contempla el set como quien mira el océano. Nada lo perturba.

Corren litros de sudor por los rostros del elenco. En los alrededores del Palacio de la Inquisición se comentan las declaraciones de John Leguízamo, quien dijo: “mi personaje es Lorenzo Daza, el padre de Fermina y es muy parecido a mi trayectoria en Estados Unidos. El es lo que es y no le teme a nada”. Alguien en el parque Bolívar ve pasar a la carrera a Catalina Sandino. Reservada como siempre.
A la hora del almuerzo, la tropa entera de la cinta se reúne y entremezcla. Director, actores, extras, asistentes y ayudantes comen, beben y ríen como si el mundo se fuera a acabar, asegura una peluquera que ingresó a la producción tras atender una convocatoria vía Internet. Es alucinante, relata.

El día de grabación hay que estar en pie a las 3 y media de la mañana. Enseguida una veintena de peinadores preparan a los casi 400 extras. Para que nos rinda, llevamos unas fotos grandes de cada tipo de peinado, según la clase social que representa cada extra. La camaradería es única y esta experiencia es la gran prueba profesional de mi vida.
Mientras tanto, cuentan que el actor español Javier Bardem (‘Mar adentro’), que a Cartagena llegó rapado, no sólo rebaja kilos a todo vapor, tampoco se desprende de la novela y del guión. Consulta ambas lecturas para asimilar el espíritu de un personaje que aguardó 53 años para reunirse con su amor.
En cambio, la italiana Giovanna Mezzogiorno (‘La ventana de enfrente’), quien encarna a la atribulada y seductora Fermina Daza, hace estragos por doquier con su piel amarfilada y su larga y perfumada cabellera azabache.
Las huellas de la peste

Escrupulosa y fidedigna en todos los detalles, la producción de la cinta ha contratado los servicios de expertos como Sergio Ibarra, reconocido tapicero del barrio de La Manga. Dice: “a mi taller llegaron uno representante de la filmación para les decorara y acolchara el interior de uno de los coches. Quedaron tan satisfechos que volvieron para que les fabricara una diligencia de 1800, a partir de unos planos que me facilitaron. Querían que la revistiera con lonas muy rústicas y avejentadas”.
A media tarde, la Plaza de San Pedro Claver recibe una oleada de gringos y españoles que no paran de disparar sus cámaras digitales. Algunos avisados le siguen el rastro a la película, una primicia con la que no contaban. Y algún romántico enguayabado reconstruye los pasos de los amantes de ficción con la novela en la mano. Tal vez con el afán de confirmar los síntomas de un mal de amores como no hay otro igual.
En esas, Alfonso Díaz Figueroa abre el portón de su almacén de cueros y accesorios ‘Campanas de San Pedro’, para contar que hace dos meses los enviados del cólera le compraron cojines, adornos y una serie de pescados en metal que se colgarán en el mercado público que ya está instalado en la Plaza de la Proclamación.
Y dijo: esta película es una bendición para la ciudad. Cuando se estrene, no dudo que va a llover el turismo internacional. Es una enorme ventana que hablará por sí sola de las bondades de Cartagena. Pero la población más agradecida con el milagro de la película son las 350 familias del deprimido sector de pescadores de La Boquilla, al norte de Cartagena.
Yadira Carmona, una de las líderes comunitarias, dice que sus playas fueron elegidas porque la pobreza y el abandono son idénticos a los del tiempo del cólera: las casas son de piso de tierra, si se desayuna no se almuerza, en cualquier momento se inundan y en las noches se encienden lámparas de aceite.
Al fin y al cabo, sostiene el historiador Moisés Alvarez, la peste de 1849 se encarnizó con más sevicia en los barrios cartageneros insalubres, apartados y de población negra.
En todo caso, prosigue Yadira, que en mayo perdió comunicación con su hija Dina Ester Carmona de Ruiz, hace un mes que los productores de ‘El amor’ estuvieron por aquí, tomado fotos a las casas y estudiando el paisaje. Les gustó. Numeraron los ranchos que aparecerán en pantalla y contrataron a cien boquilleros, a razón de 25 mil pesos el día, durante una semana, para que limpien los alrededores, recojan o retiren arena y hagan rellenos.
Los dueños de las barracas, a su vez, recibirán 40 mil pesos mensuales a partir de octubre. Finalizado el rodaje, la producción, en un gesto de reconocimiento a los boquilleros, impulsaron la instalación de una red decente y segura de alumbrado público, a cambio de los postes de palo y los cables sueltos que han ocasionado la muerte de niños que se han enredado jugando al trompo o corriendo a donde un amigo.
Las escenas que tendrán lugar en La Boquilla, revela Luz Estela Morelos, están relacionadas con un incendio controlado que se provocará sobre los techos de troncos y ramas de un puñado de cabañas.
Además, los emisarios de los requiebros coléricos ya levantaron una iglesia de latas y madera en donde se rodarán misas, bautizos y matrimonios. Pero no permanecerá porque la población empleará esos materiales para abrir un puesto de salud.

Tal vez nadie en La Boquilla vea la película, pero sus taciturnos y enjutos habitantes jamás olvidarán el olor a leña de la pirotecnia hollywoodense ni el prodigio de la luz que iluminó ‘El amor en los tiempos del cólera’.
Un día de grabación
Son las 4 y media de la mañana. La plaza de la Proclamación, frente a la Gobernación de Bolívar, se ha transformado en un mercado público de mediados del siglo XIX.
Los puestos rebosan de toda clase de alimentos de pan coger. Placeras, afiladores, destazadores de cerdos y vendedores de carbón aguardan a la clientela.

De los hornillos se desprenden espesas nubes de humo, los botellones de barro se llenan de agua fresca y los canteros afilan sus hierros.
Sobre el pavimento se ha esparcido un abundante volumen de arena que alguien riega cada 20 minutos, al igual que pasa la manguera por frutas, hortalizas, verduras, gallos y gallinas. Eso es para que los colores brillen más y contrasten mejor en la pantalla.
La gallera está lista. Los apostadores toman su lugar y señalan su gallo de pelea. Un cerdo chilla y corre. La agitación es frenética alrededor de un cuadrilátero en el que el gigante campeón Benny Centeno enfrenta y barre a los espontáneos que lo retan entre el público.
En las paredes se registran los bandos de una de las 23 guerras civiles que padeció Colombia. Otros volantes dan noticia de lo que ocurre en la ciudad y otros más promocionan pomadas, árnicas y esencias florales.

El vestuario de los protagonistas, compuesto de corsés, corpiños y miriñaques, al igual que de levitas, sombreros de copa y chambergos, es impecable, lujoso, perfecto. Idéntico al usado hace 200 años. Son unas obras de arte, junto con los zapatos para hombres y mujeres.
Lo mismo sucede con los trajes de los 200 extras que interpretan al pueblo raso: camisas y pantalones anchos color arena, chalecos abiertos y sombreros campesinos, en el caso de ellos. Mientras que las vendedoras del mercado llevan sus polleras y cubren sus cabezas con pañolones de colores.

Muchas piezas de aquélla indumentaria han sido confeccionadas por sastres cartageneros y para su realización se han guiado por los testimonios gráficos de la época del cólera.
Las palenqueras ofrecen sus carnosos frutos tropicales, los saltimbanquis entretienen a la concurrencia, gitanas y pitonisas leen la mano, el tabaco y el cielo y una banda de músicos animan el día con sus cantos y tambores. Un zanquero cruza el lugar, una y otra vez.
Los cientos de extras se ubican en sus posiciones.

El director Mike Newell ingresa al escenario caminado como un oso y se calla todo el mundo. Se sienta en su pedestal y como un dios ordena ¡acción! Sus asistentes lo rodean y chequean la planilla de grabación. Los sonidistas se despliegan, los camarógrafos se atrincheran y los altavoces advierten que los ensayos están por empezar.
Un carruaje, de interior capitonado, tirado por un caballo esquiva a la multitud, se detiene y de él se apean Fermina Daza e Hildebranda Sánchez, es decir, Giovanna Mezzogiorno y Catalina Sandino.
¡Corten!, grita el director.Se desmonta el ring y emerge el quiosco de los escribanos, de donde cuelgan misivas con preciosa caligrafía y a donde en breve se acercará Javier Bardem, en su papel de Florentino Ariza, para dictar sus cartas de amor a Fermina Daza.


Carta de ‘Love in the Time of Cholera’

Estimado Don José María Baldoví:
Verdaderamente pocas veces encuentro en alguna parte del mundo alguien con el talento que Usted tiene para relatar en un diario algo como lo que usted ha escrito. Permitame felicitarlo, no solamente por ser magnifico escritor y periodista, sino por ser un patriota. Usted es el ejemplo para muchos Colombianos, usted entiende de antemano lo que un rodaje de esta naturaleza puede significar para un pais, el beneficio que es que la prensa se porte como Usted y sea ejemplo para que futuras producciones vengan una y otra vez a este bellisima tierra colombiana.
Inmediatamente lo traduzco y lo entregaré a los productores que vienen de diversas partes del mundo para que vean por escrito la bienvenida que nos dan los colombianos, la calidez con la que nos acogen y el respeto que nos infunden.
¡Muchas gracias!

Patricia Zavala Kugler
Unit Publicist
"Love in the Time of Cholera".

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