Wednesday, August 22, 2007

El siniestro Rubem Fonseca

El autor de 'El cobrador' fue galardonado con el consagratorio 'Luis de Camôes' de Portugal y el Premio 'Juan Rulfo' 2003. Justicia para un contradictor de la sociedad contemporán.

Alguien así produce náuseas. Porque a nadie le gustaría que a su fiesta de cumpleaños se colara un lejano pariente con las tripas al aire: ese miserable que todos ya daban por muerto. Y menos si se aparece no para reclamar las migajas del pastel, sino para recordarle al eminente familiar que su banquete es una ostentación inmoral y que su prosperidad es producto de un crimen. Maestro de ceremonias de los que sobran, Rubem Fonseca, el indeseable primo brasilero, se ha convertido, a lo largo de 40 años de creación narrativa, en un aguafiestas por naturaleza, entomólogo de la condición humana y retratista de la miserable situación de los desplazados por el milagro económico del impávido coloso suramericano.
Este compositor de relatos urticantes que fue consagrado con el Premio 'Luis de Camôes' de Portugal y también le fue otorgado el Premio 'Juan Rulfo' 2003, desnuda a ese Brasil que como una olla a presión le estalló en el rostro a la incontenible expansión industrial iniciada bajo los regímenes militares de los años 60. Mientras Jorge Amado se entregaba en brazos de 'Doña Flor y sus dos maridos', Vinicius de Moraes le recitaba a su 'Garota de Ipanema' y Pelé llevaba al éxtasis a un país con el tricampeonato conquistado en el Mundial de México 70, el licenciado en derecho y antiguo comisario de policía se esmeraba por cristalizar su lema de combate: "El escritor debe ser esencialmente un subversivo y su lenguaje no puede ser ni el mistificatorio del político y del educador, ni el represivo del gobernante".
A esa declaración de principios añadía: "Nuestro lenguaje debe ser el de no conformismo, el de no falsedad, el de no opresión". Pero apenas unos cuantos se percataban del gran fraude que se aproximaba como una bestia negra.
El deslumbrante crecimiento no era gratuito y embargaba el futuro de los 'paganinis' de siempre: "Tú me das un dólar, se le pedía a la banca multilateral, y yo te empeño dos o tres generaciones de brasileños", era, más o menos, la ecuación del desarrollo al debe.
Gracias a Fonseca los pobres abandonaron su condición de cifras para conquistar visibilidad literaria. Sus destinitos fatales se convirtieron en símbolos de la resaca del 'boom' económico. Y los bajos fondos adquirieron resonancias premonitorias en cuanto a que la venganza social se transformó en realidad inminente.

Denuncias desde la realidad
A la incontenible euforia de una economía que aumentaba a una tasa del 10 y 11% anual, insurgentes como el compositor Caetano Veloso contestaban con su tropicalismo, movimiento que denunciaba la antropofagia moderna y se declaraba en contra de las dictaduras artísticas de izquierda o de derecha, nacionales o importadas.
A su turno, el fundador del 'Cinema Novo', Glauber Rocha proponía su estética del hambre y terminaba por exiliarse en Cuba ante la imposibilidad de desplegar su filmografía política y de rescate de los valores vernáculos. Chico Buarque de Hollanda cantaba 'La construcción': conmovedora alegoría proletaria. Y Rubem se sentaba a escribir 'La ejecución', cuento acerca del infierno de los desheredados que no tienen más camino que eliminarse entre sí para sobrevivir. La historia se desarrolla en un cuadrilátero de lucha libre, metáfora de la sinsalida existencial. Las muchedumbres, anestesiadas por el consumo barato y a plazos de neveras, automóviles, televisores y apartamentos en la playa, se limitaban a bailar al ritmo de las melodías de la propaganda autoritaria.
En esas condiciones el pensamiento estaba de más, al tiempo que la corrupción de las clases dominantes, la frustración de millones de labriegos sin tierra y la proliferación de las 'favelas', se tapaban a punta de samba, de fútbol y de 'caipiriña'.

Entonces resultaba insoportable que un fanático del anonimato, en vez de distraer y adormecer, despertara a los excluidos para que se frotaran las manos con la lectura de 'Paseo nocturno', relato en dos actos y que describe el vértigo y el desahogo que le proporciona a un industrial el hecho de salir a matar gente con su carro por las noches.
El escándalo no se hizo esperar y la gentecita bien, consciente de que sus lacras se ventilaban, movieron cielo y tierra para censurar 'Feliz año nuevo', cuento que titula la colección que contenía el desdichado 'Paseo'. Y lo lograron en 1976, un año después de su publicación.
Incluso se llegó a predicar la especie de que Fonseca era un desequilibrado mental. Ardid que aumentó su prestigio y multiplicó sus lectores.
Confiscada toda la edición por orden del Gobierno, el autor, para esa época reconocido revolucionario de la literatura brasileña, entabló una acción legal que ganaría doce años después. Renovador del género policíaco y considerado un clásico al lado de Raymond Chandler y Dashiell Hamet, su obra reveló la tragedia humana que se oculta tras el 'carnaval mais grande do mundo'. Pero además, Fonseca ha interpretado la soledad, la sicosis y el miedo que atormentan a los hombres y mujeres de las ciudades contemporáneas.
Relatos como 'El otro', en el que el protagonista termina por matar a un indigente que lo tiene aterrado, 'El enemigo', con reminiscencias de 'Casatomada' de Cortázar y 'El arte de caminar por las calles de Río de Janeiro', magistral estudio sobre la descomposición urbana, son un buen ejemplo de cómo la miseria, no sólo física, también moral, termina por pervertir a la humanidad. Desde sus tres primeros volúmenes de cuentos: 'Los prisioneros', 'El collar del perro' y 'Lucía McCartney', Fonseca comenzó su saga de personajes ambiguos, marginales y éticamente complejos. Estos no tienen otra misión que matar o morir. Sus funciones son indispensables para la buena marcha de la maquinaria social, porque como clama Fonseca: "Nadie quiere combatir este mundo abyecto sino sacarle el mayor provecho". Por eso es que el cáustico escritor enseña que "la única cualidad que permite sobrevivir es el cinismo". Más allá de discursos maniqueos y de desenlaces edificantes, Fonseca declara con el protagonista de 'El caso Morel': "Criminales somos todos".

De modo que no hay quién se pueda sustraer de esa sucesión de calamidades que es la vida.
Inmune a la fama
Contrario a las promociones publicitarias, rebelde con las demandas editoriales e inmune frente a los cantos de sirena de la fama, este hijo de inmigrantes portugueses, de 78 años de edad, jamás ha concedido una entrevista y las pocas fotos que de él circulan por el mundo fueron captadas hace 20 años.
Su aversión a la prensa y a lo halagos, se fundan, al parecer, en la desconfianza que le causan los escritores proclives a dictar cátedra, al boato y a las relaciones de poder. Como alguna vez le comentó el novelista estadounidense John Updike a Fonseca, "estos tipos llevan una máscara de fama que termina por devorarles el rostro original".

Fonseca, a juicio del crítico mexicano Romeo Tello Garrido, "prefiere pensar que un escritor puede decir todo lo que a él le parezca importante, independientemente de lo que los lectores puedan opinar al respecto, pero siempre a través de sus obras y no como personaje público que dicta sentencias en cuanto tiene un micrófono en frente".
Aunque afable, Fonseca también es un feroz crítico del confort y del progreso, por considerarlos elementos desencadenantes de la exclusión social y de la violencia estatal. Su cuento 'El cobrador' es, quizás, su obra maestra. El protagonista no quiere seguir sacrificándose por algo que los gobiernos prometen y no llega, por algo que la supuesta revolución de los populistas y militares del Brasil de los años 60, 70 y 80 mucho menos cumplieron.
Este relato concibe la violencia como único camino para que los desharrapados cobren todo lo que les deben: desde un par de medias hasta un rato de sexo.
Pero también contrapone a la moral convencional, a la moral de los vencedores, una moral desde el odio del oprimido y que pregona: basta de resignación. Es hora de actuar porque si todos los sojuzgados mataran como el cobrador, "el mundo sería mejor y más justo". ¿Regreso a la ley de la selva? Lógico. Aunque la sugerencia de Fonseca señala un regreso que por lo menos identifique y defina a los enemigos. Que los procedimientos de exterminio varíen es apenas cuestión de economía.

Thursday, July 19, 2007

Hasta la vista Roberto Fontanarrosa


Negro, por siempre

Esclerosis lateral amiotrófica. Fue lo que le dio al pobre. De eso padecía hace cuatro años. Dicen que esa es una afección neurológica de origen desconocido que debilita los músculos en forma progresiva.
Vaya catástrofe. Una especie de tsunami en cámara lenta. Un marchitamiento sin piedad. Por eso fue que en enero pasado renunció a la ilustración y a la caricatura. En blanco quedaron papeles y palabras pendientes.
Porque el brazo derecho ya no le respondía igual. En realidad ya no le servía para nada. Era como un peso muerto. Entonces empezó a dibujar por mano ajena. Dictaba los trazos fundamentales y los diálogos de los personajes.
De todas maneras sostuvo hasta el final su columna semanal de fútbol en ‘Marca’, el diario deportivo español que también se quedó en blanco. La pelota fue para él lo único sagrado. Porque nadie miente cuando la patea.
Más tarde se quedó rígido en una silla de ruedas y su voz sólo se oía a través de unos amplificadores. Y todavía dictaba sus frases para el bonaerense diario 'Clarín'. Hoy el espacio amaneció pálido.
Pensar que el gauchito ‘Inodoro Pereyra’ y el mercenario y espía de ‘Boogie, el aceitoso’ salieron de la mano de aquél brazo traidor.
Entrañables renegados que le dieron la vuelta al mundo y se convirtieron en hilarantes y críticos símbolos de una humanidad más o menos podrida.
Los despachos internacionales fechados en su natal ciudad de Rosario también dicen que el Negro Fontanarrosa era una de las 2 mil personas que en Argentina sufren de esa maldita enfermedad. También era de los escasos hinchas que le quedaban a su querido y habitualmente desastrado Rosario Central.
Roberto se fue. Murió sobre el mediodía de ayer en su casa. La misma hasta donde se desplazaron sus paisanos para aplaudirlo hace un par de años, cuando lo eligieron como el escritor estelar de un congreso de la Lengua.
‘No sé si he sido claro’, puede que sea lo que se lea en su lápida. Como el título de uno de sus libros de cuentos. También ‘El mundo ha vivido equivocado’, ‘Uno nunca sabe’ o ‘El mayor de mis defectos’ lucen como candidatos de homónimas antologías para bautizar el recuerdo del copioso Negro.
El luto es enorme. En las salas de redacción de los diarios se hace el silencio. Las pintadas callejeras ya no recogerán sus mortíferas frases.
En el bar El Cairo que tanto frecuentaba, incesante escenario de sus relatos, no apetece tomar el mate de la tarde. La alegría se apagó como una vela al viento. Es como si a la Argentina le hubieran amputado la risa. Que bronca con la vida que no descansa hasta que te muerde.

Monday, July 16, 2007

El Premio Nobel portugués volvió a Colombia

Saramago iluminó a la Capital Mundial del Libro
El autor de ‘El Evangelio según Jesucristo’ pasó por Bogotá y dijo que el mundo sería mucho más pacífico si la humanidad fuera atea.

A la hora señalada, la multitud que rodeaba la manzana de la calle 23 entre carreras Sexta y Séptima, en pleno corazón bogotano, fue avanzando de a pocos y expectante hasta las puertas del Teatro Jorge Eliécer Gaitán con títulos del Nobel en las manos, bajo el brazo, dentro de los bolsillos de los sacos y de los morrales de estudiantes.
‘El Evangelio según Jesucristo’, ‘Cuadernos de Lanzarote’, ‘El cerco de Lisboa’ y ‘El año de la muerte de Ricardo Reis’ eran las novelas que más se repetían a lo largo de ese lagarto interminable de gente de pronunciado rostro femenino y que comentaba la consistencia política, la peculiar puntuación de sus páginas y la dignidad a toda prueba de los personajes de José Saramago.
El hombre que de niño se extasiaba ante los incomprensibles garabatos de los escasos ejemplares del ‘Diário de Notícias’ que llegaban a su aldea, y que a los 16 años descubrió la existencia de las bibliotecas.
La visita del novelista a Bogotá fue posible porque el programa ‘Elogio a la lectura’, de la Alcaldía, lo trajo de vuelta, tras tres años de ausencia, para continuar con las conmemoraciones de la ciudad como Capital Mundial del Libro.
En minutos se colmó el aforo del teatro. Pasadas las ocho de la noche 1.754 personas se pusieron en pie al divisar sobre el escenario la figura delgada, severa y elegante del portugués, en cuya alma, según él, duerme un campesino. El atronador aplauso reconocía la coherencia de pensamiento y obra que encarna la figura que se resiste a vivir como un burgués.
Por eso, por su ancestro agrario, diría más tarde, no le costó trabajo recrear la vida y pesares de los pescadores de Azinhaga, su pueblo natal, en ‘Levantado del suelo’. Los campesinos, o camponeses, como se dice en portugués, prosiguió, son parecidos en todas partes y en todas las épocas.
Y yo soy uno de ellos, dijo en su castellano rocoso el hombre que en realidad se apellida de Sousa pero que a la hora de su bautizo el achispado notario de Azinhaga entendió Saramago.
Laura Restrepo, autora de ‘La multitud errante’ y ‘Delirio’, actualmente residenciada en México, fue la interlocutora de José, como se dirigió a Saramago durante todo el diálogo. Bueno, José, alentó la escritora colombiana, cuéntanos sobre ‘Las pequeñas memorias…’
Son los recuerdos del niño que fui pero con la mirada y el lenguaje del adulto. Se trata de las memorias de mi niñez que pasé al lado de mis abuelos, en el campo, en contacto con la tierra y la naturaleza.
Aunque no pude recordar tan tajantemente como Tolstoi cuando se acabó mi niñez, sí pude recobrar las sensaciones, las impresiones, las alegrías y las penas que viví. Y lo pude hacer porque la niñez es inolvidable y de no haber sido el niño que fue no hubiera sido el hombre que es ahora.
Lo que buscaba con ‘Las pequeñas memorias’, dice Saramago, era decirle a mis lectores quién soy yo, de dónde vengo, porque pocos saben de mi pasado remoto y de las experiencias que me marcaron para siempre. Después de entrar en una especie de debate académico para sostener que el narrador no es más que otro recurso del autor para contar una historia, y que el posible éxito de las relaciones románticas de sus personajes se debe a que pinta el amor no como es sino como debería ser, Laura interrumpe para pedirle que expliqué por qué siendo ateo le dedicó una novela al Nuestro Señor.
Picado en la vena del gusto, Saramago se relame y contesta que su novela ‘El Evangelio según Jesucristo’ responde no tanto a un interés por la figura de Cristo, sino al hecho de que las religiones nunca han tendido puentes de comunicación y que a toda hora pretenden que las gentes renuncien a su libertad para atraparlos con la promesa de la felicidad en el más allá.
Creo, sentencia José, que el mundo sería mucho más pacífico si la humanidad fuera atea. Por otra parte, me parece que no hay mayor aberración que creer en Dios. Que es como creer en una montaña.
Pero José, se abren de nuevo los labios de Laura, dos características distinguen a tus personajes: la ética y la dignidad.
Es que para mí es más importante la dignidad que la esperanza. Esta se puede acabar pero sin dignidad no se puede vivir, dice Saramago.
Aunque enemigo de las frases hechas, de las frases brillantes y huecas, él también sucumbe a la tentación de la fraseología inmortal para soltar las suyas. Al menos una queda suspendida en el aire: para escribir con naturalidad, a veces hay que pasar por el artificio.
Entrada en honduras, la segunda parte de la charla con la pálida Laura se arrima a la orilla política, en la que Saramago no pierde oportunidad para alegar que la democracia es un sistema gobernado por instituciones autoritarias y antidemocráticas. También se lamenta de que los pueblos deleguen su autoridad a unos gobernantes que no son más que los comisarios políticos de los poderes económicos.
No soy pesimista, ironiza el Nobel. Lo que pasa es que el mundo es pésimo. Y vamos para peor. No más miren al infalible de Bush.
Atento a los problemas de Colombia, Saramago, que donó las regalías de ‘El cuento de la isla desconocida’ a los damnificados del terreno del Eje cafetero, le responde a Laura que el acuerdo humanitario es urgente, pero que lo fundamental es la superación del trauma social del país.
Saramago saluda a su esposa y traductora, la española Pilar del Río, que está en la primera fila de platea y le cuenta al auditorio que ella es el motor de la recién creada Fundación José Saramago, que se encargará de promover los Derechos Humanos, hacer conciencia sobre el calentamiento global y divulgar la obra del portugués. Que para asombro de muchos incluye teatro y poesía.
El Nobel se levanta de su cómodo sillón y recibe los aplausos y claveles del público. Lúcido e indispensable, Saramago sostiene que escribe para comprenderse a sí mismo y para comprender lo que pasa a su alrededor.

Tuesday, June 05, 2007

Habla Andrés Baiz

"Llegué al cine temeroso de perder mis ojos"
‘Satanás’, el largometraje del joven director caleño, obtuvo los premios a Mejor película y Mejor actor en el Festival de cine de Montecarlo. Y en el marco de la ‘Quincena de Realizadores’, del Festival de Cannes, exhibió su corto ‘Hoguera’.

Sobrecogedora. Directa. Necesaria. Así es ‘Satanás’, la ópera primea del director caleño Andrés Baiz, quien hace nueve años prestó su servicio cinematográfico obligatorio en la tras escena de la trepidante ‘Bringing out the dead o ‘Vidas al límite’, de Martin Scorsese. Aquélla vez se encargó del trabajo sucio: traer y llevar cables.
Luego fue asistente de producción del extravagante y vanguardista plástico multimedia Matthew Barney.
Y ahora el enfant terrible dela filmografía colombiana acaba de culminar con éxito su gira por la Riviera francesa. Para empezar, ‘Satanás’ ganó los premios de Mejor película y Mejor actor (un impresionante Damián Alcázar) en el Festival de Cine de Montecarlo. Un hecho sin antecedentes en la cinematografía nacional. Y su corto ‘Hoguera’ no sólo hizo parte de la exclusiva y muy apetecida exhibición de la ‘Quincena de Realizadores’ del Festival de Cannes, sino que tras el boom que causó entre los ojos de los expertos asistentes a la cita más importante del mundo del celuloide, resultó convocado para los festivales de Huesca, España, y Sao Paulo, Brasil.
En Colombia, para rematar, la crítica no duda en calificar a ‘Satanás’ como una de las películas más importantes de la historia fílmica del país. Nada mal para quien de niño estuvo a punto de quedar ciego.
¿Por qué rodó ‘Satanás?
Un día me senté a leer la novela de Mario Mendoza y no sólo me la devoré sino que supe que era la historia perfecta para mi primera película.
¿Parece ser una mirada hacia la maldad interior?
Sí. Satán significa oponente interno. Es el guerrero que todos alguna vez tenemos que enfrentar. En unas ocasiones salimos airosos. En otras gana ese adversario. Es acerca de la dualidad de cada uno y de las manifestaciones destructivas de ese combate interior.
En Montecarlo ‘Satanás’ recibió el premio a mejor actor, ¿cómo llegó al mexicano Damián Alcázar?
Un amigo mío de Los Ángeles nos lo recomendó. Yo lo había visto en ‘Crónicas’, de Sebastián Cordero, y es un actorazo, pero tenía mis dudas por su acento mexicano. Lo contactamos, nos conocimos, nos caímos muy bien y estuvo en Bogotá tres meses antes de empezar el rodaje. Recorrimos juntos rincones buenos y malos de Bogotá. Neutralizó el acento. Caminamos mucho, discutimos sobre la película y su papel como Eliseo, el psicópata, y se volvió colombiano. Y le agradezco por la confianza que siempre demostró hacia mi proyecto.
¿Cuál fue la contribución fundamental de Alcázar?
Aportó un nivel actoral muy alto que hizo que el elenco se esforzara mucho más para estar a su estatura. Claro que su experiencia pesa mucho, pero comprobé que es un actor dedicado y creó un clima muy distendido dentro del equipo porque se comporta igual de bien con la persona que trae los tintos como con el productor de la película. Es un excelente ser humano y no se cree una celebridad.
¿Cómo fue el trabajo de adaptación de la novela?
Uno nunca termina de escribir el guión. Incluso durante el rodaje escribía, cambiaba, corregía, modificaba. Es un proceso infinito. Pero tenía que parar en algún momento.
¿Qué fue lo que más trabajo le dio a la hora de escribir el guión?
Reemplazar los diálogos y descripciones de la novela de Mendoza por imágenes y escenas que hablaran por sí mismas y por los personajes.
¿Su película es un thriller psicológico?
Siempre he dicho que es un drama psicológico. La película, a diferencia del libro, que es más abierto a los factores externos que alteran las personalidades de los protagonistas, está mucho más concentrada en los sentimientos y pensamientos de los personajes. Es una cinta que explora los conflictos internos de los protagonistas a través de imágenes que describen su comportamiento. La cámara, sin necesidad de diálogo, da cuenta de los detalles que rodean y definen a esos protagonistas.
Entonces, ¿parte de la clave era explorar el ambiente más cercano de los personajes?
Exploré el ambiente más cercano, más íntimo que rodea a los protagonistas porque es muy difícil convertir en imágenes sus sentimientos, no se puede materializar lo que pasa por la cabeza de alguien. Y como el mal está dentro de cada uno, no es que provenga necesariamente del exterior, había que mostrar que el desequilibrio va de adentro hacia afuera.
¿A qué responde la escena en la que el sacerdote coge a patadas a un mendigo?
No niego que es una escena provocadora. Medité mucho para incluirla. Pero creo que es una escena que hace reflexionar sobre quiénes somos por fuera y cómo somos por dentro. Si uno ve la escena anterior, el cura tiene una conversación con Eliseo, quien le dice que quiere barrer la suciedad humana que pulula por las calles. Y yo quería dar a entender que el sacerdote se contagia de la neurosis de Eliseo.
La reacción del sacerdote parece reunir la violencia de todos, ¿no?
Sí. Creo que esa escena hace reflexionar sobre quiénes somos todos realmente. No importa lo que representemos en términos sociales. Somos humanos, seres complejos, padecemos algún grado de neurosis y contenemos algo de maldad.
¿Meditó sobre la segunda patada del sacerdote, la más violenta?
La pensé y la debatí mucho porque la segunda patada es la del alma, es la que se le salió, es la que se nos sale a todos en el momento menos pensado. Quiero significar que todos llevamos una fachada y que a veces reaccionamos de forma excesiva.
Pero los hábitos pesan…
Claro que una reacción violenta en una persona con hábitos es mucho más impactante. Lo que buscaba era que a pesar de los hábitos, un religioso también es un ser humano. Tan impredecible como cualquiera. Las patadas del cura son las que a veces se nos salen a todos.
¿Qué le pueden indicar a la sociedad personajes como los de ‘Satanás’?
Miden la crueldad de la sociedad en que vivimos. Y sus actos nos dicen algo sobre todos nosotros.
¿Qué circunstancias lo llevaron al cine?
Una fue consciente porque a los 13 años vi ‘Buenos muchachos’ de Scorsese, y descubrí que detrás de las cámaras había alguien que pensaba y tomaba decisiones. La otra fue inconsciente porque vinieron las operaciones que me hicieron en el ojo derecho y vivía preocupado porque pensaba que lo podía perder. Sufría de estrabismo. Entonces, imagínate a un amante del cine y con la amenaza de quedar sin ojos. Pero hace rato que superé los problemas de visión.
¿De qué manera se involucró para siempre en el cine?
Desde que mis padres, cuando era niño, me regalaron una cámara de video. Todo lo filmaba, a todas partes la llevaba. Armaba películas.
¿Hasta qué punto su niñez estuvo marcada por el cine?
Era muy cinéfilo. Las tareas las pintaba en vez de escribirlas. Cuando descubrí a Scorsese me di cuenta de que había otros países, otras vidas, otros mundos. Y de niño mis padres me regalaron una filmadora con la que registraba todo. Ahí comenzó mi amor por el cine.
¿Cómo fue su experiencia con el artista multimedia Matthew Barney?
El es mundialmente conocido por su serie de películas vanguardista Cremaster. Cremaster es un músculo del aparato genital masculino que mantiene suspendidos los testículos y permite su movimiento retráctil ante estimulaciones externas. Entonces, yo era su asistente de producción y hacía de todo.
Y lo que hizo Barney fue hacer un ciclo de cinco películas en las que muestra el proceso de ese músculo como un camino traumático.
También estuvo con Martin Scorsese, ¿en qué condiciones?
Estuve en el rodaje de
‘Bringing out the dead’ o ‘Vidas al límite’, y lo que hacía era llevar cables.
¿Qué hizo para ‘María llena eres de gracia’?
Participé en la producción y busqué locaciones.
La influencia del cine mexicano es decisiva en usted, ¿verdad?
Es cierto. Incluso hay una escena que parece en el patio del Chavo del ocho, con alberca y todo. El cine mexicano le está dando un aire nuevo al cine mundial porque es un cine masivo, popular, urbano y al mismo tiempo muy latinoamericano, tiene un sello muy propio sin dejar de ser universal. Y eso me ha marcado mucho.
Y, ¿qué tanto lo ha impresionado el cine argentino?
Es un cine más especializado, más cine arte, más concentrado y por su puesto que me gusta, pero el cine mexicano es mucho más universal, más masivo y popular. Creo que las cintas de los nuevos realizadores mexicanos como Alejandro González Iñárritu, Guillermo Arriaga, Guillermo del Toro y Alfonso Cuarón han mostrado una Latinoamérica de una forma auténtica, crítica, universal y muy nuestra.
¿De qué se trata su cortometraje ‘Hoguera’?
Ernesto, un hombre de familia acomodada que está pasando por una extraña crisis existencial, ha decidido prender una fogata gigantesca para celebrar su cumpleaños junto con su familia. ‘Hoguera’ es una meditación acerca de la libertad, la fragilidad del hombre y del pathos que habita en los núcleos familiares.
Está protagonizada por Germán Jaramillo, el mismo de ‘La Virgen de los sicarios’, es una personalidad muy respetada en Francia.
¿Qué impresión ha dejado en usted estos primeros premios de ‘Satanás’?
Los premios que ganó ‘Satanás’ en Montecarlo son para mí supremamente significativos porque sin ser los más importantes del cine europeo siempre serán los primeros de mi vida cinematográfica.
¿Visitó el Casino de Montecarlo?
Iba de smoking pero no me dejaron entrar porque iba en tenis.
Perfil
Andrés Baiz
Nació en: Cali, en 1975.
Estudios: Bachillerato en el Colegio Bolívar, Cali. De producción y cine en la Universidad de Nueva York.
Trayectoria: trabajó bajo la tutela del cineasta francés Rápale Nadjari, con quien produjo 4 cortos de terror. Fue crítico de cine para la revista LOFT. Y ha dirigido 6 cortometrajes, 3 videos musicales y un documental.
‘Satanás’ es su primera película.
Lea más abajo mi comentario sobre 'Satanás'.

Wednesday, May 23, 2007

Antimemorias



Park Way revisitado
I
Yo también acabo de correr la cortina para asomarme al balcón: las lanzas doradas de una mañana inusual me enceguecen y el perfume del pasto recién cortado del Park Way, los Campos Elíseos bogotanos, sin Arco del Triunfo, sin Rimbaud ni Verlaine pero por donde anduvo el pesado y vacío trolie de los tiempos de los caramelos con cromos repetidos de Joe de Maggio, Chita Caravallo y de los besos furtivos de Rosarito, mi enamorada de kínder, despiertan lo que a mi edad es lo único real: el agua del paraíso perdido que se me escapa entre estos dedos que apuntan hacia ninguna parte. Es el agua de las muchachas en flor en minifalda y sin sostén que siempre se me escaparon o me llegaron de segunda o tercera mano. El consuelo era ‘El Gráfico’ que mis padres me conseguían todos los meses en una farmacia no lejos de casa y de la que ya se me borró el nombre. Aunque la revista llegaba con retraso de Buenos Aires, Borocotó, Frascara y Ardizzone, los mejores escritores de fútbol que haya leído en mi vida, me restauraban el corazón.

II

De algún lugar de la alameda que no logro identificar, despuntan los sonidos del afilador que con su flauta y su voz de contrabajo anuncian que afila cuchillos, facas, cortaplumas y navajas. No lo veo y ya no lo oigo pero me lo imagino: el aindiado afilador, de perfil de caballo, va de delantal negro y largo y empuja un trípode sobre el que reposa su centenaria maquinaria de acero según él inoxidable por la que salen relucientes y cortantes las hojas que parten cebollas, tomates, aguacates y otros frutos prohibidos. La del afilador era la primera música de los sábados y domingos a las siete en punto de la mañana.

III

Luego fue el cine en el teatro Arlequín. A una cuadra del Park Way, en la calle 39 con carrera 23. Allí vi el mundo y lo que el viento se llevó. Las desgracias y esperanzas de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, "play again, Sam", dice con el alma rota el pobre de Humphrey, en 'Casablanca'. Sólo me gustaban las películas viejas. De la sala, todavía a oscuras, me iba pensando que los judío-polacos del barrio como los Lutzgarten Yurkowic eran sobrevivientes del Ghetto de Varsovia. Nunca se los pregunté, pero la cantidad inaudita de zapatos de todos los modelos, colores y modas que arrumaban sin orden en sus closets tal vez significaba que Alemania jamás los volvería a alcanzar. Al fin podían caminar tranquilos porque la dignidad empieza por los pies.

Friday, May 18, 2007

Antimemorias



Malacara, Ananda y yo

Un bareto. Eso era lo primero que hacíamos Malacara y yo por las mañanas. Fumarnos uno. Luego prendíamos el televisor para ver Mazinger Z. Mientras él se dormía en el sofá boca arriba y se revolcaba como un epiléptico, yo me iba a la cocina a prepararme una taza de café recién colado con una barra inglesa de chocolate. Abría las ventanas de la segunda plata de la casa de par en par y repetía por centésima vez en el tocadiscos a Fito Páez con su “y a rodar y a rodar y a rodar y a rodar mi vida… y a rodar y a rodar y a rodar y a rodar mi amor...chao hasta mañana”.
Claro que el único que aspiraba la pelusa, bien apretada en papel arroz de Biblia, era yo. A Malacara no le gustaba el olor de la yerba. Y si me le acercaba mucho para soltarle la nube espesa en pleno hocico me mostraba sus colmillos, aunque sin mucha convicción. Su aliento tampoco es que fuera el más higiénico. Tarde en las noches me acordaba de pasarle el cepillo, pero la pereza terminaba por vencerme y renunciaba a levantarme de la cama.
Buen perro, el Malacara ese. Era un pastor alemán de unos 8 años cuando lo recogió frente a su casa el turco Amín, nieto de sirio-libaneses que habían llegado a Colombia cuando se desintegró el Imperio Otomano.
Atropellado por una camioneta burbuja de cristales polarizados, según contaron los vecinos, Malacara tuvo que ser remendado, cosido, sedado, operado, vendado, yodado y reconstruido en una de sus patas traseras como el brazo del Hombre biónico. Un día se recostó contra mi puerta y se quedó para siempre. Y todo porque cuando me lo cruzaba le decía hola Malacara, le aplastaba las orejas y le regalaba un pedazo de cualquier cosa que llevara en la mano.
Malacara es un milagro que en este instante me lame la mano.
Ahogado por el eterno escape de gas, dejé hervir la cafetera en el fogón y salí para darle mate a la pata que agonizaba en el cenicero.
Frente al espejo del baño descubrí una nueva espinilla que no me reventé porque en la tarde va a venir mi novia. La loquita de la cuadra que se había ido al Ganges a purificar su alma y a encontrar la paz espiritual. Pero regresó a su casa con una barriga de tres meses de embarazo.
De poco le sirvieron el yoga, el tantra y la meditación trascendental, hare rama, rama krishna, que por nueve años había practicado antes de largarse al encuentro de su platónico sik, uno de aquéllos tipos que en su vida se cortan el pelo y se lo enrollan bajo un turbante, no toman, tampoco fuman y pueden llegar a matar en defensa de su pacífico credo.
Allá en Varanasi dormía en el suelo, sobre una estera. Muy temprano llevaba ofrendas florales a Shiva. En las tardes bailaba frente a los espejos de su alcoba de monasterio y servía al gurú deva de una nueva comunidad en la que encontró a un colombiano que se encargó de sembrarle un Buda en sus entrañas.
A mí no me importó. Siempre había querido estar con ella, a su lado, sin hablar, nada más para oír pasar el viento. Creo que Ananda, porque no le gusta que le digan por su nombre terrenal, al fin se dio cuenta de que yo la quería porque con sólo verla me hacía feliz. Tal vez no me ame. A lo mejor sólo siente lástima de mí. Lástima de mi soledad y mi derrota. De todas maneras llegó a mi puerta al igual que mi perro lastimado.
A veces son como puñales. Las miradas de Ananda. No me importa.
Ahora grita entre mis brazos.

Wednesday, May 16, 2007

Estreno

‘Satanás’ o el fantasma del adversario interno
La adaptación cinematográfica de la novela de Mario Mendoza, realizada por el director caleño Andrés Baiz, recrea la inestable personalidad de Campo Elías delgado, el ex veterano del Vietnam que perpetró la masacre ocurrida en el restaurante bogotano Pozzeto, hace veinte años.
Salvo las malhadadas escenas de la violación, que tras el imborrable y insoportable recuerdo de ‘Irreversible’ huelga cualquier otra demostración de realismo carnal violento, y la incomprensible y gratuita reacción de irascibilidad del sacerdote contra un persistente mendigo (y cuál no lo es), ‘Satanás’, la ópera prima del caleño Andrés Baiz, exhibe una soltura narrativa y un racional dominio de cámara que termina por atrapar al público en un thriller que ahonda menos en las condiciones sociales del Tercer Mundo, y opta por seguir el paulatino descalabro psicológico de sus protagonistas.Un descalabro propio de las vidas solitarias, desesperanzadas y vacías que a diario se cruzan en las selvas de cemento que cantaba Héctor Lavoe.
Una hermosa estafadora, un cura obsesionado por su criada y un resentido veterano del Vietnam componen una historia en la que cada quien se enfrenta a sus íntimos abismos y amarguras.Las ilusiones perdidas ponen a prueba la cordura y resistencia moral del dramático trío, hasta que la bomba estalla.
A pesar de haber encontrado la redención, la seductora buscona por renunciar a sus delirios de lujo para aceptar su existencia humilde, y el tonsurado por colgar los hábitos para asumir sus pasiones humanas, terminarán pagando el precio de sus ambiciones bajo las balas del psicópata, el tercero en discordia.De manera provisional (como la existencia misma) la bella de noche y el ministro de Dios intentan repartir de nuevo la baraja que les tocó en suerte.
Pero no todo depende de ellos, como no depende de nadie.
En este caso depende del ex combatiente envenenado contra un mundo que juzga sucio, hipócrita y perverso. Un poco a lo Taxi Driver, se erige en verdugo de la liviandad, el hedonismo y el pecado.
Tras una lucha demoledora contra Satán, el oponente interno que nos habita a todos por igual, se apropia de la mente del soldado y lo devuelve al infierno de la guerra para cobrar venganza de una humanidad que apenas lo tolera.
Destacable también resulta ser la austeridad y efectividad con que el cineasta explota los tics, las manías y determinadas señas de identidad de las personalidades perturbadas en cuestión.
La construcción de atmósferas intimistas y urbanas denota, por otro lado, una asimilación inteligente del nuevo cine mexicano encabezado por González Iñárritu, Arriaga, Cuarón y del Toro.
Y el tono gris que prevalece en la cinta contribuye, por otra parte, a mantener una sensación de desgracia inminente.
El elenco no podía ser mejor: las interpretaciones del mexicano Damián Alcázar (Eliseo), Blas Jaramillo (Padre Ernesto) y Marcela Mar (Paola) son admirables porque supieron asumir la paulatina inestabilidad emocional que consume a sus personajes hasta el instante del juicio final.
Buen observador, Baiz captura elocuentes detalles como las calcomanías alusivas al Sagrado Corazón de Jesús que Paola pega en la alcoba de inquilinato, en el respaldo de la cama de su recién estrenada casa y en el taxi en el que la secuestran; la recurrente chifladura de Eliseo de lavarse las manos, la cara y el cuello con una colonia que lleva en el bolsillo, en una especie de ritual desinfectante y de desprecio por los demás; y los cigarrillos que el Padre Ernesto se apaga en sus manos como forma de combatir su inconfesable ardor por quien le tiende la cama, adquieren la magnitud de estremecedoras pruebas de la insania contemporánea.